sábado, 11 de agosto de 2012
OJO CON EL ZEN NEW AGE
domingo, 1 de julio de 2012
ZEN 1. RUTA HACIA OCCIDENTE
Empieza julio, en Buenos Aires, entre neblina y humedades. Pero hoy lo veo todo diáfano y soleado. Ocurre que ya está en librerías el tomo 1 de este proyecto aventurero: relatar, encontrar, inventar (en cuatro tomos) un Zen que, sin oportunismo alguno, nos resulte atractivo (vale decir: digno de la plenitud de vida que buscamos, sin hipotecas ideológicas o religiosas). El tomo se llama "Ruta hacia Occidente". Lo edita (con inmenso cariño) Bajo la Luna. El resultado (ya verán) es muy hermoso. Espero que aparte lo encuentren suculento. Y ya entra en edición el tomo 2, "Qué decimos cuando decimos experiencia", con fecha de aparición para octubre de este año. Me tomo el día para respirar y mañana sigo pedaleando. Que pasen un hermoso día de humedad y neblina.
Zen 1 (ll). ¿Es una religión?
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(a) HARE. Una cultura de la experiencia
(b) KU, MU. Un diseño de la experiencia
Al Zen no le caben dudas de que somos una realidad más vasta de lo que concebimos y de que habitamos una realidad más vasta de la que divisamos. A esa situación la llama de dos formas que, al enroscarse en una especie de trenza, configuran la paradoja de la existencia humana: ku (vacío) y mu (nada).
(c) BUDA. Pensar la experiencia
En cuanto pensar, el Zen se presenta como una consideración del espacio. El patriarca Dôgen lo expresa de esta forma: “El espacio es la investigación de la prajna”. Esta prajna o sabiduría se adquiere mediante un inquirir que tiene al espacio por objeto y por lugar. El Zen aborda la cuestión de lo sagrado precisamente en este contexto.
sábado, 30 de junio de 2012
Zen 1. (l) "Zen es zazen"
Como resultado de la amplia evolución de Dōgen queda un punto fijo y sólo uno: zazen. Podemos preguntarnos qué entidad tiene este hecho antropológico singular (acaso único en su género) que pretende (y a mi entender consigue) concentrar un vasto edificio conceptual y práctico (como es la obra de Dōgen, la cual ha resistido el paso de los siglos y en la actualidad es consultada y estudiada más que nunca) en la modesta y escueta acción de sentarse, respirar, mirarse la nariz mientras se escucha uno pensar y latir su corazón. Esa pregunta permite calibrar en justa medida ciertos cambios de perspectiva individual y social que apuntan en una dirección clave: decir zazen equivale a afirmar que el desarrollo espiritual se basa en una observación de lo banal y de lo más propio, una percepción crecientemente atenta, incesantemente honesta de las cosas. Un atreverse a ver y aceptar la realidad a partir de lo que se tiene más cerca.
Este cambio de perspectiva incluye que “en el zazen, el maestro es el propio zazen”, porque el fruto de la observación es el conocimiento que adquirimos de nuestro mundo más inmediato e influyente (cómo funciona el cuerpo, cómo funciona la mente). Ese self-master es humilde, sencillo. El practicante se sabe necesitado de ayuda. Y pide ayuda pero, al mismo tiempo, se sabe libre y soberano. Su existencia es solamente aquello que su disposición diaria, por el hecho de sentarse, va actualizando una y otra vez. El procedimiento utilizado en uno mismo, que consiste en sentarse, mirarse la nariz, escucharse pensar, licuar el propio pensamiento, atravesarlo y trascenderlo, para acabar depositándose en el regazo de la respiración, no solamente lleva a la comprensión de uno tal como es; también ayuda a comprender cómo son en realidad los demás y las cosas del mundo. Y permite descubrir la estrecha e inevitable conexión entre todo lo que existe.
viernes, 29 de junio de 2012
Zen 1. (k) Vida de Dôgen
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jueves, 28 de junio de 2012
Zen 1. (j) El Zen de Dôgen
El Zen de Dōgen se transformó en referencia insustituible. Pero no (como a veces se afirma desde el automatismo de la no-reflexión) en relación con Lin-Chi ya que, aunque planteen una ruptura respecto al statu quo de las sociedades en las que les tocó vivir, ambos llevaron caminos paralelos en la espiritualidad japonesa. Si el Zen de Dôgen brinda referencia es en cuanto anuncia una nueva posibilidad de “vida del espíritu”, entendida como camino al mismo tiempo práctico, erudito y muy japonés. Dōgen es considerado el gran maestro nipón en temas de lenguaje, de pensamiento y de práctica de la meditación sentada, el zazen.
martes, 26 de junio de 2012
Zen 1. (i) Revisión del Yoga y de la raíz india
El Zen elude todo voluntarismo, ya que parte de una visión profunda y realista del ser humano. Para él, la interiorización que asume como propia no busca eliminar pensamientos, ni una simple concentración. Consiste más bien en aceptar el hecho inevitable del torrente mental, dedicando toda su energía a pacificarlo. Por eso, en la técnica del zazen o meditación sentada esa interiorización no se practica con los ojos cerrados: el sedente mantiene los ojos algo abiertos, a fin de advertir sin cesar que quien observa es un cuerpo y que el punto en el que se centra es su propia emotividad, traducida en un ritmo mental, un ritmo de sensaciones, percepciones y emociones.
En cuanto a la respiración, el Zen acepta la comprensión (propia del Yoga) de la vida como respiración, tanto en lo animal como en lo humano. Pero la respiración designa algo tan simple que se acaba volviendo casi imposible de percibir. La respiración es “evidente”. René Char recordaba que “dentro de la evidencia anida nada”. Lo evidente es aquello que no vemos, aquello que vaciamos. El Zen lo toma en cuenta: la respiración, que se acepta como primer atributo de vida en los seres sensibles, ya no es tratada de acuerdo con una pauta rígida (que contribuye a hacerla implícita o ¡deshablada', por su propia evidencia), sino como terreno de un descubrimiento decisivo para la vida personal: cuál es el ritmo respiratorio exacto de uno mismo. Así como no hay dos cuerpos iguales, tampoco hay dos ritmos respiratorios idénticos. La tarea del hombre es descubrir cómo el hálito de vida se manifiesta en él. En cambio, el zazen se desarrolla como técnica orientada a concretar el descubrimiento de uno mismo en la variabilidad de la respiración, según situaciones anímicas y emotivas variables.
En cuanto a la postura, asana, el Zen, que concuerda con que todo ser humano se manifiesta (digo más: existe) de forma corporal, si bien toma la regla de la columna erecta, también es capaz de adaptarse a la situación singular de cada practicante. ¿O es que acaso (pregunto sonriendo) sólo podrían ser cultores del zazen aquellos jóvenes con formación física perfecta y sólo durante los años en que pueden sentarse en padmasana, la postura del loto?
Los textos del Zen y su aplicación consiguen resolver en la práctica un oxímoron frecuente en la “búsqueda espiritual”: la postura perfecta equivale a la realización, dice Dôgen, para insistir a continuación que toda postura ha de amoldarse a las condiciones y características de cada organismo individual. Este énfasis doble cabe advertirlo: el Zen es claro en los objetivos, pero elude cualquier tipo de voluntarismo. Como la palabra voluntarismo acarrea una connotación algo negativa, digamos que el Zen evita la obediencia ciega (en el sentido de dormida, refleja o ajena a la conciencia vigilante) a una pauta exterior. La pauta exterior existe, debemos agradecerla y bendecirla. Dicho esto (y dicho con sinceridad), se la debe retraducir a las posibilidades personales, creando en uno mismo la pauta definitiva, la cual acaba siendo singular. La pauta exterior funciona como un lenguaje que ha de ser transformado en discurso. Actúa como una propuesta que ha de ser replicada y actualizada en cada caso, de acuerdo a rasgos personales.
No propone una ascesis vestimentaria, culinaria o laboral; no sugiere un estilo religioso o ideológico, no pide estudios previos o paralelos. Lo que el Zen plantea es más personal y complejo, sobre todo en las condiciones de vida contemporáneas. En esa especie de perenne circunstancia creativa que hace posible y a la que conduce, el Zen propone el descubrimiento de un estilo propio: nada volcado a la extravagancia, aunque siempre atento a la faceta individual.
En parte se tratará, sin duda, de un estilo compartido socialmente. En parte traducirá esa singularización que el Zen considera uno de sus rasgos definitorios, y a la que su metodología presta atención cuidadosa.
Finalmente, elude toda adscripción taxativa a una cultura en particular. Surgido en Oriente, el Zen no es obligatoriamente oriental. Nació en Japón, aunque no es únicamente japonés. El Zen de Dogen se crió y se sintió maduro en una situación clerical, pero su destino de ninguna manera se limita a lo monástico, pudiendo volverse (y tiende cada vez más a tornarse) laico. El Zen se mimetizó demasiado con una vida japonesa masculinista; sin embargo incluye en sus raíces el empeño de trascender los géneros, o cuando menos de abarcarlos como parte integrante de la misma experiencia.
sábado, 23 de junio de 2012
Zen 1. (h) La herencia del Yoga
En el Yoga de los inicios, el Zen encontró una metodología propicia para
desarrollar su propia experiencia. No en vano Yoga quiere decir “yugo”, “unidad”,
“montura”, “arreo”, “doma”. Es un término que, si no se manipula con cuidado,
acaba realizando lo que literalmente evoca: el sometimiento de un animal y, por
aproximación, el de la parte “baja” de lo humano por una supuesta parte “alta”. Sin
embargo, aparte la certera visión fisiológica del Yoga, el Zen japonés no
acepta dividir a la persona por "zonas" de desigual dignidad. Más bien se
comporta como un "heredero", tal como lo concibe el filósofo francés Jacques
Derrida: recibe obediente la dote para, a continuación, reasignar su destino
y su modo de empleo.
Veamos primero la dote:
El Yoga contribuyó a una identificación más certera del estatuto de la persona humana. Podría decirse que ha sido, en la cultura oriental, un elemento decisivo de singularización, en contextos en que la persona era concebida en exceso como parte de un grupo, rebaño, tropilla o conjunto, quedando reducido el individuo, de manera indiscernible, a parte anónima del todo indestructible. Algo hay muy propio de la dinámica del Yoga: negar todo organicismo, a fin de singularizar mejor. Lo consigue proporcionando instrumentos para que cada uno busque un tipo de “salvación” personal, concebida como unidad consigo mismo y con el mundo exterior.

