sábado, 11 de agosto de 2012

OJO CON EL ZEN NEW AGE

A veces tengo la sensación de que el Zen que se ofrece por ahí, o del que se habla por ahí, roza con una concepción light, más apta para distraer ocios pudientes y ocupar mentes superficiales que para aclarar el enigma de la existencia e irnos llevando a una vida más aguerrida y productiva. No soy juez en causa ajena y si me conocen sabrán que respeto los modos de los demás. Pero procuro mirar la luna y no apenas el dedo que señala en su dirección. Ahora me gustaría introducir el tema de la incomodidad que me produce un Zen que no es exactamente de acuerdo con lo que sobre él aprendí en Japón. Por el instante me limito a mencionar algunas modalidades de "Zen" que no me interesan: - el Zen que de forma acomodaticia se deja relacionar con músicas indefinidas tildadas de "relajantes" (cuando estas músicas son flojonas); - el Zen con humitos, campanitas, trajecitos, ornamentos, frases en lenguas que el oyente no entiende; - el Zen que adopta formas excesivamente acarameladas y gusta confundirse con un "minimalismo" estético que nadie sabe bien cómo definir; -el Zen que se lleva bien con engañosos "productos naturales" (tipo Activia, Actimel y mil otros), aptos para gente que cree que pagar más es alimentarse mejor. Sobre esta moda de la comida natural concheta, subo un artículo en que un excelente bloguero español con mucha base explica lo que en muchas familias como la mía se practica desde que los niños son niños (o sea "desde toda la vida"). Su título lo dice todo: Por qué no consumo productos que dicen ser saludables: https://www.google.com.ar/search?q=por+qué+no+consumo+productos+que+dicen+ser+saludables&ie=utf-8&oe=utf-8&aq=t&rls. Léanlo y si quieren díganme qué les parece.

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domingo, 1 de julio de 2012

ZEN 1. RUTA HACIA OCCIDENTE



Empieza julio, en Buenos Aires, entre neblina y humedades. Pero hoy lo veo todo diáfano y soleado. Ocurre que ya está en librerías el tomo 1 de este proyecto aventurero: relatar, encontrar, inventar (en cuatro tomos) un Zen que, sin oportunismo alguno, nos resulte atractivo (vale decir: digno de la plenitud de vida que buscamos, sin hipotecas ideológicas o religiosas). El tomo se llama "Ruta hacia Occidente". Lo edita (con inmenso cariño) Bajo la Luna. El resultado (ya verán) es muy hermoso. Espero que aparte lo encuentren suculento. Y ya entra en edición el tomo 2, "Qué decimos cuando decimos experiencia", con fecha de aparición para octubre de este año. Me tomo el día para respirar y mañana sigo pedaleando. Que pasen un hermoso día de humedad y neblina.

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Zen 1 (ll). ¿Es una religión?


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Buscando respuesta a esta crucial pregunta, podemos apoyarnos en una noción instrumental, la de “cultura japonesa del Zen”. Designa el resultado de un entrecruzamiento de tradiciones fundadas en el Yoga-Budismo de India, refundidas a continuación al pasar por Tíbet y China; y luego, en un periodo bastante posterior (15-20 siglos después), sujetas a nuevas re-codificaciones, introducidas por Dôgen en su versión del Zen japonés. Sin ignorar la arquitectura del Budismo en ningún momento, Dôgen lo considera sólo una parte de la innovadora síntesis que instaura, en la cual hace intervenir nuevos ingredientes, entre ellos el Shintoísmo, como vimos.

(a) HARE. Una cultura de la experiencia
La cultura japonesa del Zen valora sobremanera lo que entiende como experiencia interior. En la tradición japonesa constituye el camino de resolución del enigma de la existencia. O sea, un modo de superación del dolor y la ilusión (la confusión del falso reconocimiento) así como un modo nuevo de reconocimiento y aceptación de las cosas como son (y, en ese contexto, de uno mismo). Usualmente, la experiencia interior se acaba volcando en moldes exteriores, concretizados (visto el caso japonés) en una conspicua presencia de la naturaleza y en numerosos intentos de adecuación de lo humano al diapasón de lo natural (y la inversa). La experiencia se vierte en un lenguaje que designa y explicita la manera como se relacionan lo humano y lo natural. Por medio del lenguaje, la experiencia encuentra su verdad y se vuelve experiencia del hombre lanzado a la vastedad del cosmos. Tenemos, entonces, el punto de vista del individuo que experimenta y, al mismo tiempo, el ámbito en el que dicha experiencia tiene lugar.
En la experiencia que propicia el Zen, ¿cómo interviene, o no interviene, lo sagrado? En lengua japonesa corriente, el término hare se usa desde épocas anteriores a la llegada del Budismo a Japón. Es frecuente en las compilaciones tempranas de poesía nipona, así como en el Genji Monogatari (Historia de Genji). En general, hare designa un estado personal que, mediante extrapolaciones y traducciones a veces dudosas, terminamos solapando a lo que Occidente considera lo sagrado. Y es que hare se refiere a dos elementos cruciales de la experiencia humana: aquéllo que nos identifica ante nosotros mismos, nos sitúa y nos mantiene en el ámbito de lo claro (hare, por ejemplo, designa el buen tiempo); y aquéllo que nos asombra, dejándonos gratamente estupefactos (hare designa, igualmente, un estremecimiento ante la realidad, emparentado con ha, ware y aware de la ya mencionada Historia de Genji).
A partir de este criterio lingüístico general, varios términos irán dibujando, como en pintura impresionista, los trazos de una experiencia que tiene lugar, a la vez, en el individuo y en el contexto que lo engloba. Tres raíces del lenguaje japonés antiguo (propias para designar elementos shintoístas), fueron de a poco asumidas por el Zen de Dôgen, en busca de raíces autóctonas): rei, shin, sei.
-  Estos términos remiten a la realidad tal cual es y evocan la esencia, la profundidad, el espíritu de algo designado: un pájaro, una montaña, un árbol, un elemento ritual (como espejos, espadas o el sake), un lugar, una estatua y hasta una escritura. Sería el aspecto óntico de la experiencia.
-  También designan la fuerza, el vigor, la influencia de elementos como los mencionados, pero en tanto manifiestan la energía cósmica y la vitalidad humana. Constituyen el momento naturalista y en cierto sentido panteísta de la experiencia.
-       Finalmente, aluden a la forma en que se produce el contacto con dichas fuerzas o poderes. Porque, en consonancia con las convicciones folklóricas de Japón, el cuerpo es el único terreno de juego de la experiencia. Según el zazen, que en esto se enriquece con el Shintoísmo, el cuerpo es el que se pone en orden, el que se aclara. Y también el que vibra, ondula, oscila, tiembla, se estremece.

Conviene proceder con cuidado. En esta fisiología espiritual, cuando se dice “cuerpo” se está aludiendo al inseparable compósito om/hum/ha, que articula: el comando cerebral de las funciones corporales (om: situado en la frente), las funciones de conocimiento (hum: situado en la jaula torácica y que incluye la respiración de los pulmones y la emotividad del corazón) y la palabra (ha: la elocución, con asiento en la garganta). El cuerpo de que hablamos resulta, de modo indisoluble, naturaleza, complexión, temperamento, sexo y lenguaje.
En la designación de la experiencia, las tres raíces comentadas insisten en la actitud, elemento clave de la experiencia interior. Entre sus acepciones, en una y otro caso, se encuentran: diligencia, esfuerzo, pedir, rogar, sinceridad, confianza.
Así, gracias en parte al influjo del Shintoísmo, el Zen de Dôgen vive la experiencia como desarrollo de una acción (pautada mediante una práctica) y fuera de una demarcación cultural del espacio, de la ritualización y  de una institución guardiana: se rige en eso por las premisas del Shintoísmo antiguo.  Para resumir, en el Zen la experiencia se vive en el ámbito de un cuerpo proyectado al mundo. Sin embargo, las circunstancias variaron mucho desde 1870: con motivo de la restauración imperial Meiji en Japón, el Shintoísmo dejó de ser lo que había sido durante milenios. Se transformó en religión estatal, con sus establecimientos, su ceremonial y su sistema de fiscalización de la institución que pasó a constituir, imitando al Budismo y compitiendo con él. El Zen entendió que llegaba el momento de tomar distancia de la nueva religión, tal como había hecho con el Budismo siglos antes.
Demos ahora un salto en el tiempo, entre el pasado japonés y nuestro presente occidental. Vivimos en sociedades (y en marcos mentales o paradigmas) que con frecuencia resignan la experiencia interior en una traducción o especificación institucional ceñida y repetitiva. Somos parte de una tradición que a menudo confunde la experiencia corpóreo-espiritual (que es evento personal e intransferible, y que abre o conduce o arriesga a un cambio, a algo desconocido) con una supuesta dimensión sagrada, entendida como lo numinoso (o sea: lo divino, en el sentido de la mitología clásica occidental; lo que está más allá, más arriba, en definitiva fuera de nosotros).
Retomando y transformando las bases planteadas por el Shintoísmo, el Zen de Dôgen se presenta como un pensar y un hacer orientados a aclarar el malentendido o confusión a los que hago referencia.
En este caso, ¿a qué podemos llamar Zen? Recordemos brevemente: es una manera práctica de vivir (un estilo de vida) y al mismo tiempo una manera de considerar la existencia (un comprender uncido a aquel estilo y procedente de él). Por eso dijimos, parafraseando a Nietzsche, que el Zen, en cuanto expresa vida, es experimento del hombre que busca conocer. El conocer de la filosofía griega pre-platónica: no sólo skolé (teoría, sistema, raciocinio) sino también, y antes que nada, háiresis (estilo y práctica de vida). A partir de esas premisas, ¿cómo concibe entonces el Zen lo sagrado? ¿Le interesa lo sagrado? ¿Le parece una dimensión relevante de la existencia?

(b) KU, MU. Un diseño de la experiencia

Al Zen no le caben dudas de que somos una realidad más vasta de lo que concebimos y de que habitamos una realidad más vasta de la que divisamos. A esa situación la llama de dos formas que, al enroscarse en una especie de trenza, configuran la paradoja de la existencia humana: ku (vacío) y mu (nada).
KU, del sánscrito sunyata, lo suelen traducir por VACÍO (inglés: void; francés: vide). Designa las cosas vistas desde un punto de vista psicológico, desde uno mismo. Desde un ángulo así, todas las cosas (samskrita) le parecen impermanentes (anitya), sin substancia (anatman) y signadas por el dolor (dukha). En ese sentido, todas las cosas son vacías (sunyata). El aura semántica de este vocablo (que recorre, de la India a Japón, todo el este de Asia) es aparentemente negativa: denota vaciedad, carencia, necesidad, carácter incompleto. Es un término que designa el punto de vista de alguien que mira y que se sabe ignorante.
MU, que suelen traducir por NADA (inglés: nothingness; español antiguo: nonada). Designa las cosas vistas desde un punto de vista óntico, desde una comprensión de la posibilidad de un infinito kantoriano, o desde un espacio y un tiempo dotados de un fin, pero sin final. No describe una condición que permitiría que algo exista o no. No describe un objeto o un sujeto vacío, agujereado, existente aunque in absentia. Es más bien una manera de referirse a las cosas tal como son, independientemente o antes de cualquier pensamiento.
En síntesis: KU se refiere a la lógica de acomodar el espacio a las determinaciones de la mente, mientras MU designa la lógica de expandir la mente según las coordenadas del espacio. KU y MU vienen a expresar la extensión y la duración de la experiencia del ser humano en el universo.

(c) BUDA. Pensar la experiencia

En cuanto pensar, el Zen se presenta como una consideración del espacio. El patriarca Dôgen lo expresa de esta forma: “El espacio es la investigación de la prajna. Esta prajna o sabiduría se adquiere mediante un inquirir que tiene al espacio por objeto y por lugar. El Zen aborda la cuestión de lo sagrado precisamente en este contexto.
El Zen no busca o propicia o favorece la dimensión de lo sagrado, que de suyo le es extrínseca. La aborda cuando se la plantea su par (“par” como en la soldadura eléctrica de dos metales, que se alean pero mantienen diferente potencial), su par espiritual que es el Budismo. Al Zen no le molesta el Budismo. Y ahora que empieza a emigrar poco a poco a Occidente, al Zen tampoco le incomodan las llamadas religiones del Libro (Cristianismo, Islam, Judaísmo) con las que inevitablemente se encuentra. Aunque procura mantener las distancias, el Zen mira de forma tolerante a las religiones: las considera procedimientos que, a su manera, intentan ligar una experiencia básica con un discurso explicativo o justificatorio.
Sin embargo, la tolerancia del Zen tiene un límite: se agota cuando alguno de estos discursos religiosos se confunde respecto de lo sagrado. Siempre que puede, el Zen se limita a prescindir de la esfera religiosa, a convivir con ella de la forma más silenciosa y pacífica posible: en el caso del Zen japonés hasta el siglo XX, su par eléctrico ha sido básicamente el Budismo mahayana. Pero el Zen es ágil para desmarcarse del encuadre religioso y se torna discutidor, incluso beligerante, cuando buda deja de ser adjetivo y pasa a ser sustantivo. Insistamos una vez más: aunque las traducciones no adviertan al lector, el concepto buda sólo a veces es sustantivo (referido a Sidharta Gautama, príncipe de Lumbini); con gran frecuencia, buda es un adjetivo calificativo, que hemos traducido como atento, despierto, claro. Como sustantivo, designa a un individuo histórico que las ramas menos atentas y más adocenadas del Budismo histórico se limitan a imitar, a reverenciar, incluso a adorar. Como si Gautama fuera un dios, socavando el la intención original del profeta, que era la de iniciar la transmisión de una experiencia, fuera del ámbito de identidades religiosas o sociales habituales. En contraste, para el Zen de Dôgen el calificativo designa dicha experiencia de progresiva aclaración personal, motorizada en/por la práctica del zazen: en ese sentido, el camino de Dôgen constituye un retorno al verdadero Buda.
El Zen lucha para que lo adjetivado predomine sobre lo sustancial. Porque lo sustantivado es la visión del ego, fuente de dualidad, fuente de ignorancia y sufrimiento. Mientras que lo adjetival es la inicial dispersión del ego iluso y, a partir de allí, la posterior re-apropiación de un sujeto en proceso de profunda reforma. Es por ello que el Zen insiste en el carácter co-extensivo de lo sacro y lo profano. Plantea la continuidad, la contigüidad, la equivalencia, la compenetración entre el “punto de vista” (kenge) del individuo (inevitable como punto de partida, aunque digno de soslayo mediante la práctica superadora del zazen) y el “punto de vista” del cosmos (imposible de concebir desde el punto de partida, pero término ad quem de la elaboración, fabricación, producción de un discurso nuevo, experiencia mediante, hecho de palabras “vivas”, o “nuevas”).
Lo sacro y lo profano mantienen, entonces, una relación no contradictoria, cosa que es preciso entender bien. Por un lado, el Zen se desmarca del ámbito budista de “lo numinoso y del misterio tremendo” (decirlo con esas palabras de Rudolf Ottopermite resaltar que cuando el Budismo se rebaja, lo hace tornándose religión y concibiendo lo sagrado como otredad sagrada y como dimensión separada de lo profano). Por otro lado, el Zen se acerca al terreno shintoísta del kegare, recogiendo de todas formas una parte de lo que Otto adjudica a la dimensión de lo sagrado, ya que el zazen auspicia una “experiencia no racional cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad”.
En la práctica ancestral (y actual) de los matsuri (celebraciones del culto shintoísta), la esfera de lo cotidiano y vulgar (ke) puede asimilarse a lo profano, mientras que los ritos de purificación y luego las celebraciones rituales abren a una dimensión desconocida y arriesgada (hare) tras lo cual todo vuelve a la celebración colectiva con paseo de mikoshi (palanquines rituales) y vuelta progresiva, a través de la fiesta, a la dimensión de lo cotidiano. Kegare (ke + hare) es el término que designa esta amalgama sin frontera (o con fronteras sumamente porosas), o esta emulsión provisional, o este régimen de continua oscilación, en un ida y vuelta donde ya no hay final ni principio, sólo continua circulación de energía en los diferentes momentos de una vida. La conectividad entre lo profano y lo sagrado el Zen la establece mediante la práctica de la meditación sentada o zazen: dicha práctica introduce al practicante en el insondable fondo de un abismo, reconocido y vivido a la vez como amplitud inmensa del espacio, sin interior ni exterior completamente definidos, en objetiva observación de todo lo que un cuerpo despierto es capaz de percibir, al par que postrados en adoración de un misterio innominado que nos caracteriza, nos habita y nos desborda.
En conclusión, el Zen de Dôgen no acepta lo sagrado como trascendencia, o más allá, o separación, o ámbito divino, o dominio reservado, o espacio numinoso. En cambio sí lo acepta cuando es ofrecido como espacio/tiempo inagotable de coalescencia entre nirvana y samsara, entre luz y sombra, entre conocimiento e ignorancia, entre gozo y placer. Para el Zen según Dôgen, lo sagrado es aceptable cuando queda fuera de la mente de la dualidad. En dicho caso, se produce una religación de lo sagrado y lo profano aunque, como concepto, ambos designan denominaciones propias de la mente dual.
Desde su aparición en el siglo XIII, el Zen de Dôgen entabló una lucha histórica para profanizar lo sagrado, para reducir, una y otra vez, a experiencia vivida lo que un excesivo descanso en el soporte institucional acaba transformando en parálisis progresiva de la experiencia interior y en sometimiento a lenguajes romos, mortecinos, gastados. Todo el esfuerzo del Zen japonés de Dôgen se dirige a transformar la dicotomía sacro/profano en un ciclo de libre circulación de energía entre la vida ordinaria, un umbral de preparación física y mental para un acontecimiento, seguido por dicho acontecimiento y terminado por algún tipo de narración, crónica o relato del proceso en su conjunto.
Ajeno a la dicotomía entre sacro y profano, el Zen de Dôgen no tiene en consecuencia nada de inefable: al silencio maravillado del hare siempre le acaba siguiendo una vuelta al ke o esfera profana de la cual intentan brotar, como nuevos hálitos, los discursos que relatan la vida.
Si el Zen ha sido un fermento cultural tan productivo en la cultura japonesa durante ocho siglos se debe precisamente a la capacidad de dar forma a procesos de convivencia eficaces entre lo sacro y lo profano transitando, por una vía intermedia, el angosto pretil entre ambos. Así habría que analizarcumbres del arte y la estética japonesa como la habilidad de tomar te (chanoju), la poesía del haiku, el arreglo floral (ikebana), el tiro con arco (kyudo) o los jardines simbólicos (kare sansui) de los templos japoneses.
El Zen es a Japón lo que, en un tiempo prehistórico, el Yoga fue a la India: gérmenes potentes de equilibrio e intercomunicación entre lo sacro y lo profano. Es sin duda por ello que las religiones instituidas del Este y del Oeste han preterido y siguen desconfiando del Yoga y del Zen, cuando de veras se muestran laicos, mundanales y profanos.

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sábado, 30 de junio de 2012

Zen 1. (l) "Zen es zazen"



Como resultado de la amplia evolución de Dōgen queda un punto fijo y sólo uno: zazen. Podemos preguntarnos qué entidad tiene este hecho antropológico singular (acaso único en su género) que pretende (y a mi entender consigue) concentrar un vasto edificio conceptual y práctico (como es la obra de Dōgen, la cual ha resistido el paso de los siglos y en la actualidad es consultada y estudiada más que nunca) en la modesta y escueta acción de sentarse, respirar, mirarse la nariz mientras se escucha uno pensar y latir su corazón. Esa pregunta permite calibrar en justa medida ciertos cambios de perspectiva individual y social que apuntan en una dirección clave: decir zazen equivale a afirmar que el desarrollo espiritual se basa en una observación de lo banal y de lo más propio, una percepción crecientemente atenta, incesantemente honesta de las cosas. Un atreverse a ver y aceptar la realidad a partir de lo que se tiene más cerca.


Este cambio de perspectiva incluye que “en el zazen, el maestro es el propio zazen, porque el fruto de la observación es el conocimiento que adquirimos de nuestro mundo más inmediato e influyente (cómo funciona el cuerpo, cómo funciona la mente). Ese self-master es humilde, sencillo. El practicante se sabe necesitado de ayuda. Y pide ayuda pero, al mismo tiempo, se sabe libre y soberano. Su existencia es solamente aquello que su disposición diaria, por el hecho de sentarse, va actualizando una y otra vez. El procedimiento utilizado en uno mismo, que consiste en sentarse, mirarse la nariz, escucharse pensar, licuar el propio pensamiento, atravesarlo y trascenderlo, para acabar depositándose en el regazo de la respiración, no solamente lleva a la comprensión de uno tal como es; también ayuda a comprender cómo son en realidad los demás y las cosas del mundo. Y permite descubrir la estrecha e inevitable conexión entre todo lo que existe.

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viernes, 29 de junio de 2012

Zen 1. (k) Vida de Dôgen


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Nació en 1200 y murió en 1253. Tuvo una vida breve aunque bien documentada y biografiada (en parte por él mismo). Fue huérfano de madre y luego de padre siendo aún muy joven. Así aprendió (como él mismo reconoce) lo que es mujo (la no permanencia), nozarashi (la intemperie), dukha (el desamparo), así como la necesidad de establecer una vida plena y difusiva, única forma que encontró para superar tan terrible contexto inicial. Ese es el sentido y el valor de su primera formación en Japón, antes de partir para China, o sea durante sus primeros veinte años. Pertenecía a la familia Minamoto Fujiwara, noble y cortesana, en la cual un descendiente varón normalmente estaba destinado a ser jefe religioso relevante, o ministro de la corte. Al ser criado por parientes de la familia de su padre, recibió una educación nobiliaria. Este tipo de educación (que empezaba a los tres o cuatro años y permitía escribir poemas desde los siete u ocho) era una educación china, masculina, autoritaria, bilingüe; pero además muy productiva desde el punto de vista de las letras, a la usanza de ese tiempo. Al formar parte su familia del elenco de aquellos que fueron vernaculizando la herencia china, Dōgen participó de un enraizamiento en el Budismo japonés de su época. Le tocó conocer, de un lado, el monasterio Senkobo, donde se practicaba un Budismo popular y pietista. Y pudo igualmente conocer el monasterio del monte Hiei, punto crucial e incomparable del Budismo erudito (ubicado, igual que Senkobo, a las afueras de Kioto). Tengamos en cuenta que la vida social de alguien formado en la nobleza transcurría dentro de los perímetros de la corte o en las áreas urbanas periféricas inmediatas de la ciudad de Kioto, como si ese fuera todo el mundo abarcable y hasta concebible.
Dōgen aprendió el Budismo esotérico, el de la salvación interior, tanto como el exotérico, más afecto a las condiciones humanas mundanales concretas. Ambos Budismos le plantearon una pregunta que tardaría mucho tiempo en responder y que, de acuerdo a sus propias memorias, formuló de la siguiente manera: “Ambas doctrinas (exotérica y esotérica) enseñan que todos los seres ya poseen la naturaleza de Buda. Entonces, ¿por qué desear la iluminación? ¿Por qué practicar la ascesis y la meditación?”. Esta pregunta aparecerá de múltiples formas en sus propios escritos, entre otros el Fukanzazengi (“Proclamación universal de la meditación sentada”), texto que se lee diariamente al finalizar en todos los monasterios soto Zen de Japón, al finalizar las actividades y como despedida hasta la madrugada siguiente.
A partir de esta pregunta cobra sentido su viaje a China, que le insumirá cuatro años, entre 1223 y 1227. En este punto, habría que enfatizar lo prematuro de la maduración filosófica y espiritual de Dōgen, el hecho de que a esa edad ya hubiera agotado las posibilidades de obtener respuesta en los centros espirituales más cotizados que tenía a mano en el Japón de esa época. De forma complementaria, importa considerar lo que significaba China para los hombres espirituales y para la cultura nipona en general, desde el siglo VI hasta el siglo XIII. Precisamente, con Dōgen se cierra el ciclo de japoneses que, cuando tenían algo que averiguar o aprender, viajaban al sudeste de China (en periplos sumamente azarosos, atravesando mares con corrientes potentes, tifones y piratas). Las crónicas están plagadas de intentos (más de una vez infructuosos) de ir desde el noroeste de la isla de Kyushu (zona de Japón más cercana a China) hasta la costa del sudeste de la China (a unos 200 o 300 kilómetros de la actual Shanghai). En su viaje a China, Dōgen conoció la profundidad de la práctica (bendo) y de la escritura (monji). Empezaba a proyectar un Zen concebido (y luego puesto en verificación) como un camino para el conocimiento de la existencia propia, entremezclado y entreverado con el conocimiento de las palabras que designan esa experiencia. Ya se incubaba lo que hará del Zen de Dôgen algo único en la escena japonesa. Algo al mismo tiempo tan sorprendente en momentos en que, a comienzos del siglo XXI, seguimos buscando vías de conocimiento que valga la pena transitar y que traduzcan formas radicales de vida. Todo ello con el común intento no tan sólo de conseguir la serenidad sino de alzarnos a un disfrute pleno de la vida.
Numerosas anécdotas jalonan su viaje a China: un largo trayecto, peligros de naufragio, dificultades aduaneras. Siendo Dōgen extranjero de un país considerado por China como bárbaro, al llegar fue dejado en la bodega del barco durante un período probatorio de tres meses, a la espera de corroborar que no fuera portador de enfermedades o un sujeto peligroso. Durante el viaje, Dōgen había conocido en este barco al tenzo o cocinero de un monasterio chino. En conversación con él, había advertido la importancia que ese cocinero tenía en su propio monasterio. Poco a poco fue percibiendo que se trataba de una persona de autoridad, aquel que, con motivo de la preparación de la comida que alimenta el cuerpo, introduce un criterio para comprender cuál es, de igual forma, la situación de la mente. Igual que en otros monasterios de China que conoció, desde la aparición del Zen sōto comandado por Dōgen, el tenzo será el segundo personaje en importancia de todo monasterio japonés, por debajo del abad (roshi: hombre sagrado). Varios encuentros tuvieron lugar entre el maestro de cocina (una y otra vez visitaba el barco con la excusa de adquirir productos exportados de Japón a la China) y el aprendiz de bonzo (quien esperaba con paciencia el documento oficial que le permitiera desembarcar). En ese período, Dôgen aprendió que la experiencia de vida de una persona consiste en (como si se tratara de dos mitades de una misma naranja) una mitad, expresiva de la naturaleza de las palabras; y otra mitad, expresiva de la naturaleza de la práctica.
Este viaje permitió a Dōgen discernir el criterio del Zen sobre el modo de sentarse, de servir y estudiar. Visitando diferentes maestros chinos (era parte de su búsqueda), mantuvo una vida tan itinerante como la que había practicado en Japón, pernoctando en diferentes monasterios, cambiando con frecuencia de un sitio a otro, sin tomar bando a favor de nadie. Pero al mismo tiempo captando (a modo de dato común a muchos de ellos) la universalidad del Zen. En este itinerario quedó muy impresionado con la existencia de un laico, Pai-Chang, padre de familia, agricultor, persona común capaz de desarrollar su experiencia sin la condición o prerrequisito de formar parte de una comunidad monacal. Además, durante el viaje a China, Dōgen descubrió el poder disolvente del koan y conoció los Lin-Chi Goroku. Finalmente, al cabo de muchas vueltas, acabó encontrando un maestro, Ju-Ching (conocido en Japón como Nyojo), quien lo ayudó en la parte final de su proceso de aclaración. 



En 1227 Dōgen volvió a Japón. Entre 1227 y 1230 residió en un monasterio Zen de denominación rinzai, el famoso Kennin-ji (enclavado en el barrio de Gion, en Kioto), donde se dedicó a la enseñanza pública, escribió el ya mencionado Fukanzazengi y empezó a sufrir hostilidad y amenazas por parte de sus colegas. Kennin-ji era el vértice en el que se empinaba el poder espiritual-ideológico más rancio del Budismo, así como la influencia de altas familias nobiliarias aposentadas de Kioto, todas ellas muy trabadas por lazos familiares, culturales y económicos. La hostilidad de sus pares monjes hacia Dôgen se fue transformando en franca persecución desde el templo cercano de Hiei, en ese entonces habitado por monjes-soldados. En tan peculiar contexto, abandonó la ciudad de Kioto en 1230 y hasta 1233 vivió en el templete de An’Yo-in, ubicado en Fushimi, que en esa época era un suburbio alejado de Kioto. Durante los diez años siguientes (hasta 1243) vivió en el templo de Kannon-dori-in, también ubicado en Fushimi, que entonces era una zona que pocos en la ciudad visitaban y donde, por lo mismo, no se establecían controles policiales, administrativos o ideológicos. El Zen de Dôgen necesitó de tamaño desamparo para no perecer por la fuerza de las armas y de los intereses sectarios.
En An’Yo-in, Dōgen se preocupó intensivamente de la enseñanza a grupos dotados (en sus palabras) de una “firme determinación”. Desarrolló el Bendowa, célebre discurso sobre la práctica. Era escuchado por familias enteras que se desplazaban desde la ciudad de Kioto, mujeres, pobres, campesinos, gente sin rango. Fue un período de gran difusión de su proclama de universalidad (ligada a la invitación del Fukanzazengi). De este templete semiderruido pasó, de forma más permanente, a un templo ya existente, el Kannon-dori-in, Gokuraku-Ji o Kosho-Ji (tres nombres equivalentes con los cuales un mismo edificio está registrado en las historias que se cuentan sobre Dōgen). Allí comenzaría un programa de enseñanza monacal. Kannon-dori-in fue pensado como un gran monasterio. Sin embargo, aunque mantuvo un laicado abundante, en virtud de las circunstancias y por la necesidad de ocultarse del control doctrinal y de las amenazas militares, la propuesta de Dōgen empezó a menguar en universalidad. Por un lado, tuvo que sistematizar las enseñanzas para que llegaran a mayor número de personas y, por otro, tuvo que seleccionar (y de alguna manera preservar) a las personas que siguieran esas enseñanzas y se formaran como monjes.
En este período escribió su obra fundamental, el Shobogenzo, en el cual absorbía corrientes de algunos de los grupos que fueron mencionados como parte de los primeros intentos del Zen en Japón y que se le habían ido acercando. Entre ellos, daruma, eisai y nembutsu. A medida que iba absorbiendo esas y otras corrientes, a medida también que se iba poblando de aprendices y practicantes su monasterio, con la misma intensidad se incrementaba la persecución por parte del Budismo oficial y de su brazo armado. En 1243 tuvo que abandonar la zona de Kioto y se estableció en la provincia de Fukui, en un sitio realmente inaccesible para los usos y comunicaciones de entonces. Este lugar sería el centro, desde entonces, de la rama sōto del Zen y le daría al propio Dōgen un nuevo nombre de pila: Eihei, vuelto él mismo Eihei-Ji “el templo de Eihei”. Un discípulo laico samurái de rango intermedio, Hatano Yoshihige, le ofrecería defensa armada, donándole sus propias tierras y la fuerza de trabajo necesaria para que pudiera concretar una nueva instalación.
En Eihei-Ji, a partir de 1243, se construyó el monasterio central pensando directamente en la formación de monjes. Durante este período, Dōgen fue refinando sus posiciones y, de alguna manera, en la práctica fue perdiendo la amplitud de perspectiva inicial. Tuvo que prescindir de los laicos, las mujeres se alejaron de la proximidad formativa, se hizo menor la tolerancia con otras vías del Zen como rinzai o incluso daruma y se produjo un re-centramiento en la élite intermedia, sobre todo rural. El lento pero imparable goteo de cuadros religiosos hacia Eihei alertó a los nobles de Kioto, y sobre todo a las autoridades del shogunato en Kamakura, sobre la importancia de la prédica y de la propuesta de Dōgen. De alguna manera, se podría decir que la comandancia nobiliaria y político-militar del Japón de entonces cayó en la cuenta de que había surgido algo imponente y nuevo, algo que no se podían perder (o que al menos debían neutralizar).
Entre 1248 y su muerte, en 1253, en la vida de Dōgen se alternaron tres aspectos difícilmente separables y que han ocasionado polémica y discusión en los períodos subsiguientes del Zen de estilo sōto. Por un lado, Dōgen, que ya prácticamente había completado su obra escrita (aunque la siguiera puliendo) contrajo una enfermedad que lo acabaría consumiendo en cinco años. Por otro lado, fue afirmando su línea de trabajo en la propia comunidad, transformándose en la autoridad y hasta en el poder dentro de su monasterio. Además inició, a pedido del shogun, un acercamiento con la sede política de Kamakura, en la cual pasó varios períodos instruyendo al generalísimo hasta que la enfermedad (sumada a las crecientes protestas de sus propios monjes) lo trajo de vuelta a la zona de Fukui. Finalmente, en 1253, hizo un último viaje a Kioto para que se le practicara una medicina más completa. Pero no pudo sobrevivir a su enfermedad y falleció.

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jueves, 28 de junio de 2012

Zen 1. (j) El Zen de Dôgen



Kigen Dōgen (por su nombre de pila) luego fue Eihei Dōgen (haciendo mención al templo que fundó como sede del sōto Zen en Japón) y finalmente pasó a ser Dōgen Zenji (apelativo del “hombre del zen”, de alguien reconocido como maestro). Con cualquiera de esos nombres, no solamente fue fundador de una variante crucial de la experiencia del Zen sino que, por varios motivos, se transformó en el ícono más perdurable de la cultura y el pensamiento japoneses, dentro y fuera de los dominios del Budismo y del Zen. El caso de Dōgen como ícono plantea paradojas interesantes. Se trata de una persona completamente japonesa por su biografía y que se distingue o se separa (al menos en sus características exteriores) del otro ícono existente, Lin-Chi, sin por ello dejar de acercarse a él de sutiles maneras. Por otra parte (y de manera parecida a como sucedió con Gandhi en la India) la iconización de Dōgen, a la vez que se basa en datos totalmente documentados, permite mantenerlo a prudente distancia del zumbido algo perezoso de la vida conventual en conventos corrientes de nuestros días. Sucede que, al transformarlo en un santón, quedan fuera de nuestro alcance sus aspectos filosos, corrosivos y molestos, aunque sean aquellos que él designó como pertinentes para delinear una nueva forma de filiación espiritual.

El Zen de Dōgen se transformó en referencia insustituible. Pero no (como a veces se afirma desde el automatismo de la no-reflexión) en relación con Lin-Chi ya que, aunque planteen una ruptura respecto al statu quo de las sociedades en las que les tocó vivir, ambos llevaron caminos paralelos en la espiritualidad japonesa. Si el Zen de Dôgen brinda referencia es en cuanto anuncia una nueva posibilidad de “vida del espíritu”, entendida como camino al mismo tiempo práctico, erudito y muy japonés. Dōgen es considerado el gran maestro nipón en temas de lenguaje, de pensamiento y de práctica de la meditación sentada, el zazen.

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martes, 26 de junio de 2012

Zen 1. (i) Revisión del Yoga y de la raíz india


El Zen japonés se ha mostrado creativo y dinámico. No está hecho para quedar estancado en formas definitivas. Sin negar lo recibido, se acabaría distinguiendo del Yoga. Antes que nada, en cuanto al uso de los procedimientos técnicos. Luego, en cuanto a las formas de organización de un estilo de vida. 


Revisión de los procedimientos técnicos del Yoga

El Zen elude todo voluntarismo, ya que parte de una visión profunda y realista del ser humano. Para él, la interiorización que asume como propia no busca eliminar pensamientos, ni una simple concentración. Consiste más bien en aceptar el hecho inevitable del torrente mental, dedicando toda su energía a pacificarlo. Por eso, en la técnica del zazen o meditación sentada esa interiorización no se practica con los ojos cerrados: el sedente mantiene los ojos algo abiertos, a fin de advertir sin cesar que quien observa es un cuerpo y que el punto en el que se centra es su propia emotividad, traducida en un ritmo mental, un ritmo de sensaciones, percepciones y emociones.

En cuanto a la respiración, el Zen acepta la comprensión (propia del Yoga) de la vida como respiración, tanto en lo animal como en lo humano. Pero la respiración designa algo tan simple que se acaba volviendo casi imposible de percibir. La respiración es “evidente”. René Char recordaba que “dentro de la evidencia anida nada”. Lo evidente es aquello que no vemos, aquello que vaciamos. El Zen lo toma en cuenta: la respiración, que se acepta como primer atributo de vida en los seres sensibles, ya no es tratada de acuerdo con una pauta rígida (que contribuye a hacerla implícita o ¡deshablada', por su propia evidencia), sino como terreno de un descubrimiento decisivo para la vida personal: cuál es el ritmo respiratorio exacto de uno mismo. Así como no hay dos cuerpos iguales, tampoco hay dos ritmos respiratorios idénticos. La tarea del hombre es descubrir cómo el hálito de vida se manifiesta en él. En cambio, el zazen se desarrolla como técnica orientada a concretar el descubrimiento de uno mismo en la variabilidad de la respiración, según situaciones anímicas y emotivas variables.

En cuanto a la postura, asana, el Zen, que concuerda con que todo ser humano se manifiesta (digo más: existe) de forma corporal, si bien toma la regla de la columna erecta, también es capaz de adaptarse a la situación singular de cada practicante. ¿O es que acaso (pregunto sonriendo) sólo podrían ser cultores del zazen aquellos jóvenes con formación física perfecta y sólo durante los años en que pueden sentarse en padmasana, la postura del loto?


Revisión de la noción misma de pauta

Los textos del Zen y su aplicación consiguen resolver en la práctica un oxímoron frecuente en la “búsqueda espiritual”: la postura perfecta equivale a la realización, dice Dôgen, para insistir a continuación que toda postura ha de amoldarse a las condiciones y características de cada organismo individual. Este énfasis doble cabe advertirlo: el Zen es claro en los objetivos, pero elude cualquier tipo de voluntarismo. Como la palabra voluntarismo acarrea una connotación algo negativa, digamos que el Zen evita la obediencia ciega (en el sentido de dormida, refleja o ajena a la conciencia vigilante) a una pauta exterior. La pauta exterior existe, debemos agradecerla y bendecirla. Dicho esto (y dicho con sinceridad), se la debe retraducir a las posibilidades personales, creando en uno mismo la pauta definitiva, la cual acaba siendo singular. La pauta exterior funciona como un lenguaje que ha de ser transformado en discurso. Actúa como una propuesta que ha de ser replicada y actualizada en cada caso, de acuerdo a rasgos personales.
En la misma línea, el Zen elude la determinación o la adopción de estilos de vida preconcebidos.
No propone una ascesis vestimentaria, culinaria o laboral; no sugiere un estilo religioso o ideológico, no pide estudios previos o paralelos. Lo que el Zen plantea es más personal y complejo, sobre todo en las condiciones de vida contemporáneas. En esa especie de perenne circunstancia creativa que hace posible y a la que conduce, el Zen propone el descubrimiento de un estilo propio: nada volcado a la extravagancia, aunque siempre atento a la faceta individual.
En parte se tratará, sin duda, de un estilo compartido socialmente. En parte traducirá esa singularización que el Zen considera uno de sus rasgos definitorios, y a la que su metodología presta atención cuidadosa.
Finalmente, elude toda adscripción taxativa a una cultura en particular. Surgido en Oriente, el Zen no es obligatoriamente oriental. Nació en Japón, aunque no es únicamente japonés. El Zen de Dogen se crió y se sintió maduro en una situación clerical, pero su destino de ninguna manera se limita a lo monástico, pudiendo volverse (y tiende cada vez más a tornarse) laico. El Zen se mimetizó demasiado con una vida japonesa masculinista; sin embargo incluye en sus raíces el empeño de trascender los géneros, o cuando menos de abarcarlos como parte integrante de la misma experiencia.

Al no tener vínculos obligatorios y limitativos con una sola cultura, al contrario (y de forma paradójica) el Zen se vuelve capaz de transformación incesante. De hecho, así sucedió: la historia de Japón muestra que se transformó en fermento poderoso de creación cultural.

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sábado, 23 de junio de 2012

Zen 1. (h) La herencia del Yoga

En el Yoga de los inicios, el Zen encontró una metodología propicia para desarrollar su propia experiencia. No en vano Yoga quiere decir “yugo”, “unidad”, “montura”, “arreo”, “doma”. Es un término que, si no se manipula con cuidado, acaba realizando lo que literalmente evoca: el sometimiento de un animal y, por aproximación, el de la parte “baja” de lo humano por una supuesta parte “alta”. Sin embargo, aparte la certera visión fisiológica del Yoga, el Zen japonés no acepta dividir a la persona por "zonas" de desigual dignidad. Más bien se comporta como un "heredero", tal como lo concibe el filósofo francés Jacques Derrida: recibe obediente la dote para, a continuación, reasignar su destino y su modo de empleo.



Veamos primero la dote:
--- En la cultura espiritual de la India, el Yoga sin duda constituyó una contribución histórica crítica. Puede decirse que tuvo una postura belicosa contra la cultura india de la época (estamos hablando probablemente de 2500 años antes de Cristo). En respuesta, fue atacado por el Hinduismo de esa época por una acumulación de reproches como los siguientes: valoración materialista de las cosas, oposición a la intelectualización de la vida, desdén por la metafísica. Y también por mostrarse contrario a la magia y al chamanismo, cuando en cambio el Hinduismo los aceptaba, como parte de su respuesta al enigma insondable del futuro y de la supervivencia. En el medio cultural del sub-continente indio, que entendía "la existencia" como afincamiento de lo humano en lo espiritual, precisamente en ese medio el Yoga exhibió el dinamismo de un cuerpo en acción. No es de extrañar que lo consideraran "materialista" (probablemente lo haya sido desde el punto de vista de la metafísica hinduista que lo criticaba).
--- Por otra parte, el legado del Yoga fue sumamente valioso, fundador, ya que constituyó una 'háiresis' (término de la filosofía griega pre-platónica que designa un estilo de vida). En el caso del Yoga, háiresis se traduce en metodología práctica: ascesis y meditación.


El Yoga contribuyó a una identificación más certera del estatuto de la persona humana. Podría decirse que ha sido, en la cultura oriental, un elemento decisivo de singularización, en contextos en que la persona era concebida en exceso como parte de un grupo, rebaño, tropilla o conjunto, quedando reducido el individuo, de manera indiscernible, a parte anónima del todo indestructible. Algo hay muy propio de la dinámica del Yoga: negar todo organicismo, a fin de singularizar mejor. Lo consigue proporcionando instrumentos para que cada uno busque un tipo de “salvación” personal, concebida como unidad consigo mismo y con el mundo exterior.




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