jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Por qué nos gusta tanto Kawabata?

En un cine de Buenos Aires están proyectando El sol, notable película del ruso Alexandr Sokurov. El film se sitúa en 1945 y se centra en el entonces emperador Hirohito: ilustra los días de la rendición de Japón. Deja plasmadas en inquietantes imágenes tanto la incomprensión del Tennô respecto a lo que está sucediendo (políticamente), como la imposibilidad de que Douglas MacArthur, jefe de la ocupación aliada del archipiélago, pudiera alguna vez comprender el fondo de la trama (cultural y social) que se teje cuando decimos Japón. No he podido comentar esta película. Me limito a recomendar que la vean todos aquellos interesados en reflexionar con sencillez en el asunto de la traducción de Japón (film disponible en casas de videos).

El tema de hoy es más bien Yasunari Kawabata. El rasgo que lo liga a la institución imperial es circunstancial: la foto tal vez ilustra la llegada del flamante Premio Nobel de Literatura y el recibimiento oficial. Sin ser un revolucionario, Kawabata no anduvo lejos de posiciones más bien progresistas. Fue ante todo un japonés deseoso de cumplir con seriedad las formalidades propias de la nación. Por eso, podemos imaginarlo a gusto en la extremada formalidad del día que (si no me equivoco) ilustra la fotografía.

Con motivo de un artículo en curso de redacción, voy revisando numerosas novelas de este gran maestro perdurable. Como adelanto del texto (más extenso) que en su momento subiré al blog, hoy incluyo su breve introducción. Intento responder a la cuestión del título. ¿Cómo es posible que Yasunari Kawabata nos siga atrayendo a través de los años? ¿Basta con decir que es un clásico? En ese caso, ¿qué es un clásico?

Tal vez el instinto permite atisbar su misterio a través de la trama y nos deja sumidos en textos que casi ya no prosan, de puro estar al borde del poema. O tal vez su tenaz realismo nos deja tranquilos, a salvo del brillo del falso exotismo, ese que siempre asedia. En medios urbanos cosmopolitas, over-projected como el nuestro, la notoriedad de Yasunari Kawabata se traduce en frecuente publicación y continuado esfuerzo crítico. El hecho es que en el sinuoso sistema de la cultura japonesa este escritor cumple, por partida doble, un rol providencial. Consiguió (sin apenas buscarlo) ser tenido por maestro, gracias a una incansable labor de transmisión del archivo japonés desde su origen chino, revalorizando la tradición vernácula y elevando a una mujer, Murasaki Shikibu, al podio de campeona de todas las artes. En contradicción sólo aparente, fue pionero en romper el serrallo del casticismo nipón auto-referencial. Ambos procedimientos combinados le ayudaron a escribir una serie de novelas imperdibles que plasman (de manera sutil, oblicua) la biografía de su propio personaje: un japonés de los de antes, torturado por vivir tiempos de ahora (que por momentos le fascinan), aunque lo notamos más y más atento a reeditar lo pasado. Situado en el centro de la escena durante décadas (la compartió primero con pares como Junichiro Tanizaki y, luego, con su discípulo Yukio Mishima), a ojos de todos Kawabata corporiza el típico drama nipón: ciudadano de un país con fuerte impronta norteamericana, tras breve tentación extranjerizante decidió retornar poco a poco, de forma cada vez más acusada, a su raíz tradicional. Con el alma partida, igual que Mishima, el periplo del viejo maestro parece invertir el del joven discípulo: en vez de buscar respuesta en tiempos que vendrán, como Mishima, Kawabata reconstruye un espacio ya sido y allí busca de nuevo su aliento. Tal es el corte característico del escritor de Osaka. Así lo entienden aquellos que lo leen y comprenden su aventura personal.

3 comentarios:

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  2. El primer libro que leí de Kawabata fue "Lo bello y lo triste". Al principio no me atraía mucho. Pero cuando me esforzé por leer un poco más... descubrí otro mundo. No soy adepta a la literatura contemporánea japonesa, pero debo admitir que aporta un tratamiento único a cada historia. En esa lectura descubrí un constante "tira y afloje" entre lo viejo y lo nuevo y como se fusionaban, de alguna manera, ambos aspectos en la vida de cada personaje, por no mencionar la rareza y profundidad de cada uno, ni su desenlace.
    ¡Espero con ansias tu capítulo! Saludos

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  3. Hoy lo vi por Canal A y saqué la dirección del blog y es por eso que estoy por aquí. Yo he leído varios capítulos de "La Casa de las Bellas Durmientes" pero no lo terminé de leer, tal vez un día lo retome. Recuerdo que lo dejé de leer porque me chocó bastante las continuas referencias que hacía de que él al ser un hombre mayor ya no "servía para nada", me dolía que dijera eso tantas veces. Amaba a un hombre que estaba cerca de esa edad y me dolía esas expresiones que no compartía.
    Un saludo afectuoso
    Susana

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