jueves, 27 de enero de 2011

Zen es hacer silencio

El zen es en extremo dúctil y maleable. Porque comprende (toma en serio) y parte de la base (construye a partir) de la situación de cada persona. No hay dos personas que repitan exactamente la misma historia personal (de crianza, de infancia, de adolescencia, de medio social o laboral). Las coordenadas exteriores pueden ser las mismas o muy parecidas, pero siempre varía la forma en que cada uno vive o se toma circunstancias que parecen iguales. "Somos irrepetibles" significa: somos incapaces de repetir, incluso nos resulta imposible tener éxito al 100% en la dócil y obstinada imitación. Entonces no nos queda más remedio que crear, siguiendo nuestro propio camino. Y para eso empezar a conocernos con mayor profundidad. Tal es la invitación del zen.

¿Qué busca el zen producir en las personas? Por decirlo con una sola palabra: silencio. No una simple ausencia de ruidos o palabras, ni un mero (y quimérico) "vacío de pensamientos". El silencio al que tiende el zen se traduce en creciente autonomía respecto al equipaje psico-mental.
Pues bien: según la historia de cada uno, el silencio resulta un ingrediente más o menos constitutivo o presente en la persona; y más o menos fácil de establecer si escasea.
En la circunstancia de algunos se observa que desde los primeros vínculos pudieron establecer un silencio confiado ("no me faltará el cuidado de mis padres") y fiable ("podré resolver mis dudas": podré aprender; "podré saldar mis deudas": revivir ante otros esa suprema atención recibida). En la historia de otros, en cambio, dicho silencio por diversos motivos nunca pudo establecerse con holgura (falta de madre o de pecho; falta de tiempo para ser autorizado a vivir en proximidad con los próximos).
A los primeros, el zazen les brinda la oportunidad de amplificar el silencio inicial, transformándolo en escucha atenta (ahora buscada voluntariamente y hecha consciente). Les permite prolongar ese silencio en confianza ("dar todo el tiempo necesario para que el otro se sienta atendido") y en diálogo ("cruzar palabras cuando se posee un elevado nivel de atención": una percepción aguzada que, por cierto, incluye la conciencia de no ser dueño o maestro de la palabra).
A los segundos, el zazen les ofrece la posibilidad de comenzar, apenas lo decidan, un aprendizaje de silencio. Nos invita a descubrir, en las entretelas del ruido y la ansiedad, hilos de calma sosegada que nos vuelven capaces de observar: lo que nos sucede y también lo que ocurre alrededor, saliendo de la maquinación obsesiva. Nos invita a también descubrir que no hay comunicación que no precise previamente una pausa. Pausa de silencio confiado ante el otro. Pausa que designa el reconocimiento del otro.

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