jueves, 11 de junio de 2009

11 junio 2009: Misiles norcoreanos


Un misil ya había sobrevolado la isla japonesa de Honshu en años recientes. En julio 2006, desde una plataforma del este norcoreano un dispositivo explotó por accidente, poco antes de ser lanzado. Durante las últimas semanas, cinco nuevos misiles de corto alcance fueron disparados en idéntica dirección. Japón se siente en peligro. Buena parte de su diplomacia reciente se orienta a resolver un problema con múltiples caras.

¿Se trata de misiles de corto o de largo alcance? En cualquier caso, son capaces de alcanzar las costas japonesas, muy cercanas. Que estén siempre orientados hacia ellas ¿expresa una focalización de la amenaza norcoreana en Japón? De parte japonesa, ¿se trata de evitar o esquivar el problema mediante negociación diplomática (como parte del Grupo de seis naciones), aprovechando presiones bilaterales (a veces chinas, a veces norteamericanas) o dejándole las posibles sanciones al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (acaban de decidir un severo régimen de inspección de barcos sospechados de transportar materiales para el programa nuclear norcoreano)? Ahora bien: si no alcanza con la vía política (como sospechan algunos) y se hace necesario repeler una agresión directa (como temen otros), ¿debería Japón ingresar al club atómico o al menos a la normalidad armamentista y nuclear propia de los países del G8? En este último caso, ¿qué hacer con el artículo 9 de la constitución, por el que Japón renuncia a la guerra y al armamentismo que conlleva?

El tema de los misiles pone de manifiesto los dilemas internos del Japón de posguerra y también ciertas encrucijadas ante las que deberá optar, tarde o temprano. Vistas las cosas desde Japón, tres escenarios estratégicos parecen posibles.
- El régimen de Pyong-Jiang está en crisis y sabe que deberá negociar. Rusia y China por primera vez apoyaron las sanciones de la ONU y retacean su contribución alimenticia, anteponiendo condiciones políticas, anticipando acaso la debacle de su empobrecido aliado. De tal modo que, aunque sus misiles no consigan alcanzar la costa de California, Estados Unidos se vuelve el objetivo diplomático real del desesperado belicismo norcoreano. Porque si esos misiles atacaran a Japón, el fornido vínculo militar con el archipiélago, traducido desde 1960 en bases militares, obligaría a Estados Unidos a intervenir, amenazando o negociando o ambas cosas a la vez. Así, Japón se siente protegido por USA, aunque a la vez secuestrado por la estrategia global americana en el Este asiático. El primer viaje de Hillary Clinton fue a Japón. Con gesto contundente, la Secretaria de Estado insistió en el carácter preferente del vínculo americano con Japón, escaparate, desde hace medio siglo, del capitalismo frente a la amenaza china. Seguir bajo el ala norteamericana es el escenario que muchos prefieren en Japón y que se considera oficial.
- Un segundo escenario se daría cuando, cediendo a las presiones (y a las ofertas) de Corea del Sur, el régimen comunista inicie un ciclo poscomunista que incluirá la reunificación. Más tarde o más temprano, esta eventualidad acabará produciéndose. Viene a la mente la imagen de Alemania, donde se produjo el encuentro entre un Este subdesarrollado y un Oeste que, en los años noventa, ya era la locomotora europea. Un Norte subdesarrollado y pobre se convertiría durante décadas en ejército de reserva y acaso neo-colonia de un Sur potente que busca territorios seguros en donde invertir, con abundante mano de obra disciplinada y barata. Japón se beneficiaría de esta situación, en términos de seguridad, comercio, inversiones y transferencia de tecnología. Pero hay escollos. Provienen no sólo de la actual dirigencia norcoreana, sino de la República Popular China: por razones estratégicas, a esta le resultaría inaceptable una reunificación coreana fuera de su control. Quienes defienden en Japón este segundo escenario no siempre están de acuerdo con el primero. A veces luchan por hacer posible un tercero, todavía inédito pero a sus ojos apetecible.
- El tercer razonamiento japonés es el siguiente. Japón, las dos Chinas y las dos Coreas conforman un área dotada de vinculación estrecha y muy longeva. Lazos lingüísticos, institucionales, filosóficos y religiosos. Podemos imaginar el Este de Asia comparándolo con la zona europea de tradicional cultural germana, sólo que multiplicando la intensidad. China está seriamente involucrada en el futuro de Corea, de Taiwán y, aunque de forma menos explicada, también de Japón. El mapa del Este de Asia muestra una serie de sociedades confucianas. La zona impulsa un modelo de desarrollo con pautas que resisten (y acabarán desafiando) no sólo los lineamientos de las teorías occidentales de la modernización, sino también la idea de modernidad en cuanto tal y al mismo Occidente como vector de pensamiento y rector de la sociedad internacional. Japón ya está detrás de China en varios aspectos: a pesar de turbulencias superficiales, China lo toma en cuenta en asuntos de tecnología, inversiones y sobre todo por el hecho de poseer un sistema institucional que considera posible para sí. Taiwán formará parte de China continental apenas Estados Unidos se muestre incapaz de retenerla como estado independiente. En cuanto a Corea, la unificación podría ser posible bajo control surcoreano y alto patrocinio chino. En este escenario, Japón pasaría a formar parte del núcleo duro de un nuevo foco de poder mundial, el Este de Asia, actor decisivo en la sociedad internacional del siglo XXI.

En los mares de Japón y de China queda mucho por navegar.

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